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domingo, 22 de septiembre de 2013

Sunday morinig, rain is falling.



Día de otoño. Ella puede ver las hojas caer a través de la ventana. Una brisa fresca le acaricia la cara. Cierra los ojos y se deja sentir. Apoyada en el marco, inhala y huele el olorcito a tierra mojada. No puede olvidar cómo se sintió aquella noche de abril. Se toca los brazos en un intento de ver si realmente está viva o si es producto de su imaginación. Lo ama. No lo duda. Sonríe al escuchar en su mente ese “Te amo” al unísono con el suspiro del éxtasis puro. Moviendo los dedos en el aire, imagina estar tocando esa piel tan suya, tan propia de él. No había comparación con ninguna otra noche. Las caricias, los besos, los nervios, la luz apagada, el miedo primerizo. Sigue recordándolo, sin querer olvidarse de ningún detalle. Todo se ve más claro, más colorido. Todo tiene su brillo propio.
Se alejó de la ventana y fue a recostarse donde hacía unas horas pasó la mejor noche de su vida hasta ese momento. Se puso sus auriculares, se relajó, se dejó llevar a cualquier lado. Repasó cada recoveco de la habitación sin poder creer cuánto había cambiado mientras seguía siendo el mismo cuarto de siempre. En frente, la televisión colgada en la pared, bajo ella el escritorio con su computadora portátil, un par de cuadros de ellos dos y de su familia, además de un lapicero, un cuaderno, un cargador, una cámara de fotos y muchos esmaltes. A la derecha, la ventana, el sillón y, un poquito más cerca, el órgano que le habían regalado hacía varios años pero que nunca más había tocado. A la izquierda, el placard y pegada a la cama, la mesita de luz, con un vaso de agua, el velador y un libro. Las paredes seguían siendo blancas y seguían teniendo fotos colgadas, pero ahora eran de un blanco más intento, más brilloso, más… Se estiró. No pudo negarle ese placer a sus músculos. Sintió cómo su acolchado era más suave que de costumbre, más mullido, y cómo su color era de un perfecto azul haciendo juego con sus cortinas. No podía dejar de sonreír. ¿Cómo hacerlo cuando se sentía feliz? ¿Cómo hacerlo cuando se sentía completa?
Cerró los ojos y dejó que el recuerdo la invadiera. Su mirada desde arriba, con satisfacción, sonriéndole. Sus manos acariciándole, despacio, con ternura, su espalda. Sus besos por todo el cuerpo, como tratando de dejarle en claro que ella le pertenecía sólo a él. Las caricias, como tratando de recordar cada rincón de su ser, dejándola inmolada en su memoria, para siempre. Estaban siendo uno, como dos piezas que encajaban perfectamente. Ambos cuerpos se amoldaban al otro sin ningún esfuerzo, se movían con la misma armonía, con perfecta coordinación. Ambos jadeantes se estaban amando como nunca lo habían hecho. Ambos jadeantes compartían esa noche, uniendo su presente y teniendo un pasado en común que de hecho, nunca iban a olvidar. Al menos eso ella creía. 

Tiempo después, no tan después como quizás esperaba, esa noche pasó a ser un recuerdo, de esos que de verdad duelen. No por sentirse arrepentida, sino por sentirse usada. Por darse cuenta que eso era sólo lo que él buscaba, lo que simplemente quería. Ser el primero de alguien. Ser aquel que iba a quedar siempre en la memoria de otra, sin importar el precio o el dolor que eso conllevaría para ella.  Ella que pensaba que era algo realmente especial para los dos, no resultó así precisamente; y especial en todos los sentidos que esa palabra puede generar en cualquier persona. Se odiaba, se daba asco. Lo odiaba, le daba asco escuchar su nombre. Bronca. Impotencia. Su cuarto volvió a ser tan igual como siempre. Opaco, incómodo, aburrido. Frío como nunca lo había sido. Las paredes ya no eran blancas sino más bien grises y el escritorio bajo su televisión ya no tenía tantos cuadros ni tantos esmaltes de colores. El piano al lado de la ventana, que fue usado un tiempo, hasta que ella dejó de sentir pasión… Bueno, hasta que ella dejó de sentir. El sillón sólo acumulaba ropas sin usar ni estrenar, que la madre le regalaba para ver si eso, aunque sea un poco, la contentaba. Y en su mesita de luz, una pila de libros en los que ocupaba su tiempo y su mente, aumentaba sin parar.
Un año después, por fin estaba superando aquel abril tan perfecto y efímero. Tan parecido a la vida de una mariposa, tan igual a una blasfemia. Un año después comenzaba a tomarle ese gustito de nuevo a la vida, a sus amigos, a sonreír, a amar de nuevo, a disfrutar. Un año después todo tomaba sentido de nuevo. Un año después todo volvía a brillar. Un año después… sonó su celular: “adolescenteencamino.blogspot.com”. Corrió a su computadora, la abrió, entró a su blog y no encontró nada, absolutamente nada. Todo seguía igual a como era el último febrero cuando escribió su última entrada. Se acostó en el sillón a hacer zapping, pero su cabeza no podía dejar de pensar quién había sido el del mensaje, qué había en esa página web que le interesó tanto a aquel extraño. Algún conocido tendría que haber sido. Muy pocos de los que tenían su número conocían su blogspot y viceversa.
Volvió a entrar y se fijó lentamente cada entrada. Una había cambiado. Pasó de tener cero comentarios, a uno. Entró, con el alma retorciéndosele y leyó algo que le cambiaría el día. Un “te extraño” se leía y sobresaltaba en esa hoja virtual blanca. ¿Quién había sido? ¿Sería… él? Luego de un par de minutos hablando con este Anónimo, le dijo su nombre, y sí… efectivamente era quien ella creía. ¿Por qué ahora? ¿por qué después de tanto tiempo? Era lo único que podía pensar. La bronca crecía y la impulsaba a tener un vómito verbal como jamás había tenido. Pero se contuvo. Tenía que ser madura. Tenía que controlarse. Tenía. ¿Tenía?
Nada salió como uno se imagina. Exactamente un año después de aquel lunes de abril, de aquel veintiséis de abril, la habitación había vuelto a cambiar mientras seguía siendo el mismo cuarto de siempre y las paredes volvieron a ser de un blanco más intento, más brilloso.