Día de otoño. Ella puede ver las hojas caer a través de la ventana. Una
brisa fresca le acaricia la cara. Cierra los ojos y se deja sentir. Apoyada en
el marco, inhala y huele el olorcito a tierra mojada. No puede olvidar cómo se
sintió aquella noche de abril. Se toca los brazos en un intento de ver si
realmente está viva o si es producto de su imaginación. Lo ama. No lo duda.
Sonríe al escuchar en su mente ese “Te amo” al unísono con el suspiro del
éxtasis puro. Moviendo los dedos en el aire, imagina estar tocando esa piel tan
suya, tan propia de él. No había comparación con ninguna otra noche. Las
caricias, los besos, los nervios, la luz apagada, el miedo primerizo. Sigue
recordándolo, sin querer olvidarse de ningún detalle. Todo se ve más claro, más
colorido. Todo tiene su brillo propio.
Se alejó de la ventana y fue a recostarse donde hacía unas horas pasó la
mejor noche de su vida hasta ese momento. Se puso sus auriculares, se relajó,
se dejó llevar a cualquier lado. Repasó cada recoveco de la habitación sin
poder creer cuánto había cambiado mientras seguía siendo el mismo cuarto de
siempre. En frente, la televisión colgada en la pared, bajo ella el escritorio con
su computadora portátil, un par de cuadros de ellos dos y de su familia, además
de un lapicero, un cuaderno, un cargador, una cámara de fotos y muchos
esmaltes. A la derecha, la ventana, el sillón y, un poquito más cerca, el
órgano que le habían regalado hacía varios años pero que nunca más había tocado.
A la izquierda, el placard y pegada a la cama, la mesita de luz, con un vaso de
agua, el velador y un libro. Las paredes seguían siendo blancas y seguían
teniendo fotos colgadas, pero ahora eran de un blanco más intento, más
brilloso, más… Se estiró. No pudo negarle ese placer a sus músculos. Sintió
cómo su acolchado era más suave que de costumbre, más mullido, y cómo su color
era de un perfecto azul haciendo juego con sus cortinas. No podía dejar de sonreír.
¿Cómo hacerlo cuando se sentía feliz? ¿Cómo hacerlo cuando se sentía completa?
Cerró los ojos y dejó que el recuerdo la invadiera. Su mirada desde
arriba, con satisfacción, sonriéndole. Sus manos acariciándole, despacio, con
ternura, su espalda. Sus besos por todo el cuerpo, como tratando de dejarle en
claro que ella le pertenecía sólo a él. Las caricias, como tratando de recordar
cada rincón de su ser, dejándola inmolada en su memoria, para siempre. Estaban
siendo uno, como dos piezas que encajaban perfectamente. Ambos cuerpos se
amoldaban al otro sin ningún esfuerzo, se movían con la misma armonía, con
perfecta coordinación. Ambos jadeantes se estaban amando como nunca lo habían
hecho. Ambos jadeantes compartían esa noche, uniendo su presente y teniendo un
pasado en común que de hecho, nunca iban a olvidar. Al menos eso ella creía.
Tiempo después, no tan después como quizás esperaba, esa noche pasó a
ser un recuerdo, de esos que de verdad duelen. No por sentirse arrepentida,
sino por sentirse usada. Por darse cuenta que eso era sólo lo que él buscaba,
lo que simplemente quería. Ser el primero de alguien. Ser aquel que iba a
quedar siempre en la memoria de otra, sin importar el precio o el dolor que eso
conllevaría para ella. Ella que pensaba
que era algo realmente especial para los dos, no resultó así precisamente; y especial en todos los sentidos que esa palabra puede generar en
cualquier persona. Se odiaba, se daba asco. Lo odiaba, le daba asco escuchar su
nombre. Bronca. Impotencia. Su cuarto volvió a ser tan igual como siempre.
Opaco, incómodo, aburrido. Frío como nunca lo había sido. Las paredes ya no
eran blancas sino más bien grises y el escritorio bajo su televisión ya no
tenía tantos cuadros ni tantos esmaltes de colores. El piano al lado de la
ventana, que fue usado un tiempo, hasta que ella dejó de sentir pasión… Bueno,
hasta que ella dejó de sentir. El sillón sólo acumulaba ropas sin usar ni
estrenar, que la madre le regalaba para ver si eso, aunque sea un poco, la
contentaba. Y en su mesita de luz, una pila de libros en los que ocupaba su
tiempo y su mente, aumentaba sin parar.
Un año después, por fin estaba superando aquel abril tan perfecto y
efímero. Tan parecido a la vida de una mariposa, tan igual a una blasfemia. Un
año después comenzaba a tomarle ese gustito de nuevo a la vida, a sus amigos, a
sonreír, a amar de nuevo, a disfrutar. Un año después todo tomaba sentido de
nuevo. Un año después todo volvía a brillar. Un año después… sonó su celular:
“adolescenteencamino.blogspot.com”. Corrió a su computadora, la abrió, entró a
su blog y no encontró nada, absolutamente nada. Todo seguía igual a como era el
último febrero cuando escribió su última entrada. Se acostó en el sillón a
hacer zapping, pero su cabeza no podía dejar de pensar quién había sido el del
mensaje, qué había en esa página web que le interesó tanto a aquel extraño.
Algún conocido tendría que haber sido. Muy pocos de los que tenían su número
conocían su blogspot y viceversa.
Volvió a entrar y se fijó lentamente cada entrada. Una había cambiado.
Pasó de tener cero comentarios, a uno. Entró, con el alma retorciéndosele y
leyó algo que le cambiaría el día. Un “te extraño” se leía y sobresaltaba en
esa hoja virtual blanca. ¿Quién había sido? ¿Sería… él? Luego de un par de
minutos hablando con este Anónimo, le dijo su nombre, y sí… efectivamente era
quien ella creía. ¿Por qué ahora? ¿por qué después de tanto tiempo? Era lo
único que podía pensar. La bronca crecía y la impulsaba a tener un vómito
verbal como jamás había tenido. Pero se contuvo. Tenía que ser madura. Tenía
que controlarse. Tenía. ¿Tenía?
Nada salió como uno se imagina. Exactamente un año después de
aquel lunes de abril, de aquel veintiséis de abril, la habitación había vuelto a cambiar mientras seguía siendo el mismo cuarto de siempre y las paredes volvieron a ser de un blanco más intento, más
brilloso.