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jueves, 6 de octubre de 2011

Linea ochenta y monedas.

Fue raro encontrarme en Av. la Plata y Rosario, caminando con mi MP3 y mi bolsito. Había llegado media hora antes (siempre tan puntual yo) y, como no sabía qué hacer hasta las cuatro, me puse a caminar por ahí; cuadras y cuadras. Paré en un kiosquito y me compre una Villa del Sur y una tableta de Beldent; mientras tanto, miraba a las parejitas que pasaban por ahí, las personas apuradas y con cara de tener una gran mochila en sus hombros. Caminé lento, disfrutando del sentir de la acera contra la suela de mis Convers y mirando detenidamente todo. Pasé dos cuadras, llegué a Rivadavía y Av. la Plata y en la mismísima esquina (que bendita sea) vi algo majestuoso: Starbucks. No dudé ni un momento en cruzar la avenida para encontrarme con esa vidriera tan hermosa y única; posé, detenidamente, mis ojos por cada una de las opciones aunque sólo una llamó totalmente mi atención: Frappuccino de Moca. ¡Qué manjar! ¡Qué delicia! Y yo sin poder tomarlo. 
Estuve a punto de entrar a la Iglesia de Av. la Plata y Rosario, pero no miento cuando digo que lo pensé dos veces. Iba a ser una falta de respeto para el resto. Hace más de cuatro años que no piso una Iglesia y no me daba ir sólo por estar aburrida; habría sido de hipócrita. Además, ¿qué iba a hacer ahí? ¿mirar las estatuitas? ¿rezar? Hace tanto que no rezo que hasta podría decir que me olvidé de cómo era el "Dios te salve". Triste y patético, lo sé. Al final decidí por seguir caminando y sentir la libertad de una tarde lejos de todo... de todos menos de mí, y no estuvo tan mal. Nada me podía faltar escuchando Eric Clapton y sintiendo la brisa del viento en mi cara. Era todo tan perfecto; un perfecto reencuentro conmigo misma después de tantos meses. 
Se hicieron las cuatro en punto y fui al encuentro con mi psicóloga familiar. Cuarenta y cinco minutos mostrándole a otra persona más cuán poco cuerda podría, una persona de dieciseis años, estar. ¡POR FIN! Miré el reloj y eran las cinco menos cuarto. Bajé por el asensor, la lincenciada me abrió la puerta y, de nuevo, sentí el aire fresco y su sabor a libertad.
Hora de volver. Hora de regresar a la realidad una vez más. Caminé dos cuadras más, hasta llegar a Agrelo y Av. la Plata. Busqué la parada del colectivo y esperé no mucho más de diez minutos. Ahí estaba, mi transporte a la vida real. Subí, ya que otra no me quedaba, y con Las pastillas del abuelo de fondo hice mi viaje de vuelta. Me senté en un asiento de uno y apoyé mi cara contra la ventanilla. Otra vez comencé a mirar a cada persona que caminaba por la vía pública: cada cara, cada gesto, cada movimiento. Observé todo. Quería verlo todo. Y mi mirada se cruzaba con la de los demás, y no me importaba qué pensaba el resto, yo sólo quería estar dentro de mí. Quería reencontrarme con mi "yo" interno; y lo logré. Otra hora de viaje con música de fondo, rogando porque no se quedara sin batería mi MP3 y dejándome llevar. 
Seis menos cuarto y finalmente llegué. Ahí estaba: Concordia y Pedro Lozano. De nuevo a casa, de nuevo a salir de mí, de nuevo a sumergirme en los mambos cotidianos. Y, quizás es de exagerada, pero juro haber visto un cartel que decía "Bienvenida a la realidad, darling"



Un miércoles, un colectivo, una linea, el ochenta y cuatro y una avenida;
 sólo eso bastó para poder ser completamente feliz por unas horitas.

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